El Apio: una playa en secreto

  • Un enclave virgen en Tenerife donde se asientan los recuerdos de diversas familias

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Se regala. Zona privilegiada. Dos kilómetros de costa placentera. Bastante luminoso. Aislada de la Isla, cuenta con varias piscinas naturales y profundidades para sumergirse a explorarlas. Condiciones especiales para los amantes del ocaso. Servicio compuesto por el Sol, el mar y la soledad.

El Apio no destaca por la cantidad de chiringuitos donde puedes comer o beber. Tampoco es rica en equipamientos como duchas o papeleras. Sin embargo, cuando te asomas desde la cima de su ladera aciertas su diferencia respecto al resto de playas. Su litoral es rocoso debido a su origen volcánico y carácter insular. Una parte de él queda bañado por arena blanca y fina, desplazada por el mar desde sus entrañas oceánicas. El camino está colmado de tarajales, piteras y cañaverales al igual que sucede en los litorales limítrofes. Una amalgama de gris, verde, azul y blanco que atrae al disfrute de este rincón conservado por los individuos año tras año.

Esta ribera hizo que muchas familias del pueblo tuvieran su segunda residencia en ella. Existen varias chozas, construcciones rústicas a partir de materiales reciclados, principalmente de madera. En contraposición, se acentúa la presencia de varias casas de tres pisos al lado del pequeño arenal. Concepción Rivero, natural del pueblo, es una de las protagonistas de las diversas historias que han pasado por esta orilla. Lleva a su espalda más de 55 años cobijándose en la costa. Recuerda que su “caseta era pequeña. Por la noche, cogíamos hojas de palmera y sábanas para dormir. No teníamos mesas pero, poco a poco, la ampliamos y conseguimos mayor comodidad”.

“Le pueden llevar a playas, hoteles incluso a otras islas, que a él lo que le gusta es El Apio […] baja con móvil pero se desconecta de él.”

Apenas tenía 9 años cuando le llevaba el almuerzo al trabajo de su padre en El Apio. En un fogón improvisado y práctico, su familia asaba el pescado recogido. Al llegar su adolescencia bajaba con Juan Barbuzano, su marido, y después con sus hijos. Él trabajó en una finca cercana, razón por la que se instalaron allí.  “Mis hijos subían solitos todos los días hasta el colegio Lope de Guerra”, añade. La víspera del comienzo de clases suponía su viaje de vuelta a lo poblado. Es un esfuerzo formidable el subir y bajar esta ladera varias veces.“Era bonito hasta un cierto punto por el cansancio”, cuenta.

Recuerdos inmortales


Esta playa tiene el poder de generar instantes que nunca caerán en el olvido. El silencio hace que te despojes de tus defectos aparentes para disfrutar de los buenos momentos. El Apio hace que quien lo visite cuente alguna historia a sus amigos. Al igual que Concepción Rivero, quien se amistó con unas monjas que iban a este enclave. El recato ganó la batalla a la libertad y las siervas del Señor sólo mostraban los tobillos para remojar sus pies. Por eso ese charco hoy se conoce como el charco Las Monjas. En el mismo orden, los encuentros familiares son imborrables. Desde cumpleaños hasta fiestas locales, al lugar bajaba toda la gente del pueblo. “Llevaban el zurrón del gofio, pescados, vino y uvas” y así pasaban el día.

Por ello, es innegable la herencia inmaterial que tanto Concepción Rivero como Juan Barbuzano dejaron a sus nietos. Un rincón alejado de sobrerreservas hoteleras, de cobertura y de wi-fi y del combate por acomodar la sombrilla en el mismo punto que otra. La tradición por bajar a esta playa secreta va de generación en generación. “Mi nieto, Daniel, lleva las raíces de su abuelo. Aprendió los gajes de la mar desde chiquitito”. Su abuela confiesa  que “le pueden llevar a playas, hoteles incluso a otras islas, que a él lo que le gusta es El Apio […] baja con móvil pero se desconecta de él.”

Su nieto José, quien ahora tiene 20 años, observó la humildad de sus abuelos. Con una playa llena de atardeceres todos los días se puede vivir más feliz que en una ciudad con mucho ruido y poco mar como Madrid. “No suelo decir donde está para evitar que llegue un montón de gente que destroce una de las playas a las que más me gusta ir”. Para él, El Apio es un secreto inconfesable para vándalos o personas descuidadas de lo que les rodea. “El silencio que te proporciona no lo puedes encontrar en Los Cristianos y eso es una riqueza”, opina igual que su abuela, quien ahora teme más que antes su deterioro por parte de la mano humana.

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Al fondo, La Barranquera

De ahí que quieran guardar con sigilo este paraje singular. El turismo de masas no es bienvenido de la misma manera por todos. La globalización ha logrado que, al igual que muchas identidades culturales, se pierdan las excepciones. Con ello, emergen nuevas necesidades y ofertas a las que antaño se decía que no. En este caso, El Apio es una oferta con misterio. Sólo quien sepa dar con el mapa de su localización tendrá un tesoro permanente. Pero que deberá guardar permanentemente bajo llave.

Publicado por

Itziarperc

El Periodismo es el oficio mas bonito del mundo. Y yo quiero formar parte de esa maravilla, comunicar.

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